Mi Viejo y Yo

daddyMi viejo era un tipo complicado. Durante su niñez tuvo un padre desastroso y una madre que si bien buena, se equivocó infinidad de veces. Al contrario mío, él tuvo una profunda vocación, sabía desde siempre que quería ser médico, aún cuando en su casa no alcanzaba el dinero ni siquiera para las cosas más básicas.

Por aquellas épocas estudiaba en un colegio “pupilo”, en donde los alumnos permanecían hospedados por temporadas. Mi viejo odiaba ese aislamiento. Cuenta mi madre que durante el invierno, el portero del colegio juntaba las hojas secas de los árboles del patio para quemarlas en un latón, y que desde aquel entonces el aroma de ese humo que muchos de nosotros identificamos como delicioso y representativo del la época invernal, a él no hacia más que recordarle aquellos tristes días de soledad.

Supongo que la sumatoria de padres ineptos, necesidades económicas y una fuerte  sensación de abandono, forjaron su extraña personalidad, y crearon en él una obsesión por dejar atrás los fantasmas del pasado, impulsándolo a lograr graduarse de médico tal y como quería.

Tiempo antes de obtener aquel preciado titulo, conocería a mi madre, una joven rubia y de ojos claros, proveniente de una buena familia en la que como ella misma dice, jamás se escuchaba hablar de dinero, no porque fueran millonarios ni mucho menos, sino porque simplemente no les faltaba nada.

Fue así entonces que, al mejor estilo de una novela mejicana, un día de verano en el que “el pobre y la rica” se encontraban en la playa intentando refrescarse en un mar bravío, una ola revolcó por varios segundos a los hasta entonces desconocidos amantes, empujando a mi madre a golpear su cara contra el trasero de mi padre, e imprimiéndole así un no solicitado “beso” de lápiz labial en su malla blanca

Después de tal fortuito encuentro, era inevitable iniciar una conversación. Mi padre la invitó a acercarse al grupo de amigos que lo acompañaban, a quienes, para indignación de mi madre les dijo: “Les presento a mi novia”.

No estuvo tan mal su predicción, juntos tuvieron 5 hijos -siendo yo el cuarto- y aunque hasta aquí daría la sensación de ser ésta una historia de amor eterno, la realidad es que si bien nunca se divorciaron, jamás se llevaron bien. No voy a entrar en la eterna discusión de dilucidar los porcentajes de culpa de cada uno, pero considero que entre otras cosas, aquella dura niñez y su posterior obsesión por no repetir como padre, los errores de mis abuelos, pusieron en él un nivel de estrés que nunca supo canalizar correctamente, y que creaba un ambiente tremendamente volátil en el que los choques conyugales se convirtieron en el pan nuestro de cada día.

En aquel momento no me daba cuenta, pero hoy sé que cuando llegaba tarde de trabajar, lo hacía simplemente para reducir sus posibilidades de generar una nueva discordia. Esta situación lo llevaba muchas veces a cenar solo, por lo cual yo solía esperarlo en mi pijama para acompañarlo mientras comía.

Recuerdo que en una de esas tantas cenas, puso pequeñas cantidades de aceite, vinagre y sal en un recipiente, pasó un trozo de pan por las paredes de éste, y me lo dio a probar diciéndome: “Esto me gustaba hacer cuando en mi casa había poco que comer” La verdad, me pareció delicioso, y nunca más me olvidé de eso. Aún hoy en día, cada vez que cómo una ensalada, el condimento me recuerda a aquella noche.

Con el correr de los años mi viejo se convirtió en un médico exitoso y respetado, y logró su meta de que nunca nos faltara nada. Sin embargo en su cabeza, él nunca dejo de ser pobre; manejó el mismo auto durante 25 años y cada vez que uno de nosotros le decía que quería comprarse, digamos.. zapatillas, nos decía: “Esperá al sábado que yo te voy a llevar a lo de un paciente amigo que tiene un negocio”. Por supuesto el paciente nunca vendía lo que nosotros queríamos, pero igualmente él terminaba comprándole 9 pares para toda la familia, no solo gastando más de lo que hubiera costado comprar lo que nosotros buscábamos, sino adquiriendo algo que ninguno de nosotros tendría la más minima intención de usar!. Así era él.

Creo no estar errado si digo que mi viejo fue un padre diferente para cada uno de nosotros, siento que no siempre supo mantener ese trato uniforme que todo padre intenta lograr con sus hijos, y se equivocó mucho y seguido. Por eso, no es con poco sentimiento de culpa que digo que sin embargo conmigo, fue un padre increíble; me dio la vida dos veces, al nacer, y luego a los 15 años cuando un bus terminó con mis dias de adolescente invencible al atropellarme mientras manejaba mi moto.

No tengo la menor duda que si estoy acá hoy, contando esta historia, es gracias a él, no solo por su vocación y su carrera, sino por su amor incondicional por mi . “Si este hijo se me muere quemo todo” le dijo a mi madre en un momento de desesperación.

Pocos meses después de mi lenta recuperación, y como si Dios le hubiese dado el tiempo justo para “irse” sabiendo que yo estaría bien, él mismo sufrió un accidente tonto, inesperado, y traicionero del que no pudo escapar. Y se fue, se me fue sin haber podido darle las gracias, sin decirle cuanto lo amaba, y sin que supiera que lo logró, que con todos sus defectos y sus errores, fue el padre que quería ser, pero por sobre todas las cosas, fue el padre que yo quería tener, y para mi, eso es lo que cuenta.