Los Hermanos Sean Unidos!

Lola y Mateo

Alguien me dijo alguna vez, que para un niño pequeño, la llegada de un nuevo hermano es algo así como si alguien le dijera a su mujer:

“Querida: Te presento a Fulana, a partir de hoy ella también va a ser mi pareja, prometo quererlas a ambas por igual, y de la misma manera, espero que ustedes se quieran y compartan todo”

¿Suena como una locura no? Pues para un niño de 3 o 4 años, quien hasta ese momento ha sido amo y señor de su entorno, sus juguetes, y por sobre todas las cosas, de sus padres, la llegada de este “intruso” representa claramente una experiencia similar. La constante atención que un recién nacido requiere, hace que el papel protagónico que el hijo mayor estaba acostumbrado a interpretar en nuestras vidas, se convierta de la noche a la mañana es una suerte de “personaje secundario” sin derecho a reclamos ni denuncias de ningún tipo.

En nuestro caso, las primeras semanas luego del arribo a casa de nuestro segundo hijo (Mateo) pasaron más bien desapercibidas. Tanto mi mujer como yo estábamos sicoloógicamente preparados para ser lo más pedagógicos y comprensibles posibles con nuestra hija (Lola) de 3 años, pero sin embargo, nos quedamos sorprendidos por el amor y la atención que demostraba hacia su hermanito menor en todo momento.

Hoy, 3 meses después de aquella primera impresión, comienzo a creer que el único pensamiento en la cabeza de mi hija es: “Muy lindo y muy simpático este bebé, pero ¿¿¿Cuando se va???… La dura conclusión de que lo del hermanito no sea algo pasajero sino permanente, esta empezando a no gustarle demasiado.

Con tan solo 3 meses de vida, el pobre Mateo ha recibido ya innumerables patadas, torceduras accidentales de brazos. y siestas interrumpidas por todo tipo de sobresaltos imaginables. La sillita a baterías en la que lo mecemos delicadamente para que se relaje, ha superado ángulos (con él encima) que desafían varias veces la ley de gravedad. Basta con ver la cara de pánico del pobre chico cuando su hermana se acerca a “jugar” con él, para darse cuenta de cuanto más contento estaría si le regaláramos un casco y rodilleras en lugar de esos innecesarios escarpines!

No digo con esto que Lola no lo quiera ni mucho menos, realmente se puede sentir su amor de hermana en muchos otros momentos del día, pero sí digo que no le molestaría para nada si el chico aprendiera, digamos, HOY MISMO, a cambiarse los pañales, comer y bañarse, sin requerir la asistencia de su madre.

Supongo que todas las familias pasan por este tipo de adaptación hasta encontrar el equilibrio justo que les permita evitar los celos y las peleas de poder, pero cuando de las dos partes en cuestión, una solo sabe balbucear “agugugaga”, y la otra no deja de preguntar el por qué, del por qué, del por qué de todo lo que sucede a su alrededor sin permitir que ni su madre ni yo podamos emitir más de cinco palabras seguidas… la cosa se complica.

Fuimos advertidos de que la paternidad no sería una tarea fácil, pero nadie nos informó de este otro trabajito de mediadores familiares. Hasta que pasen algunos años, y ambos se den cuenta de lo afortunados que son en tenerse el uno al otro, habrá que armarse de mucha paciencia, duplicar la dosis de amor, y por sobre todas las cosas, mantener siempre un amplio inventario de curitas!